Programa 4

Sapovnela
Otar Iosseliani
URSS, sin diálogos, 1959, 16 min

Small Smoke at Blaze Creek
Michael Scott
Canadá, inglés, 1971, 9 min

Tahtacı Fatma
Süha Arın
Turquía, turco, 1979, 28 min

Mikä mies metsuri
Markku Lehmuskallio, Harri Rumpunen
Finlandia, finlandés, 1977, 19 min
Subtitulado en colaboración con Doclisboa

Palm Down
Amy Halpern
Estados Unidos, silente, 2012, 6 min

Las plantas fundan nuevos mundos sin necesidad de violencia. A veces, algún humano las acompaña y se inspira en su genio para las formas (dan forma y se dan forma). Para quienes andan despistados o con prisa, la prueba concluyente de esto son las flores. Sapovnela es una película llena de ellas, o sea, erótica. Las flores se relacionan con el sol, con las abejas y con las vacas, Iosseliani las relaciona con un florista casi centenario y con la música. El cineasta juega con los juegos florales del florista y las flores abiertas, como bocas abiertas, cantan. ¿Qué pintan de repente un arado, el alquitrán, la consiguiente apisonadora? ¿Qué relación puede haber entre los lirios del campo y esa capa negra, abrasiva y maloliente? Ante la superchería del progreso se rebelan, en primer lugar, los sentidos. 
El fuego, aunque también destruye, sí se relaciona con las plantas. Ciertos árboles lo esperan, lo favorecen incluso, para propagarse mejor. Como si no nos hubiéramos marchado de Georgia, Small Smoke at Blaze Creek empieza con una flor. Pero estamos en la Columbia Británica y a esa flor la llaman «fireweed», porque crece en abundancia después de los incendios. Arde un bosque de abetos de Douglas. Es un bosque y, al mismo tiempo, una fábrica de madera; hemos visto cómo se llevaban los troncos talados en un camión. Las llamas se meten dentro de los troncos vivos, los prenden. Los bomberos hacen su trabajo (avionetas, retardantes; mangueras, agua; motosierras, cortafuegos) y el cineasta hace el suyo, que consiste en desplegar una sensibilidad extraordinaria hacia las figuras que crea y deja tras de sí el fuego. 
Otro bosque de coníferas: pinos negros, cedros del Líbano, enebros y abetos Tauro, como los montes de Turquía en los que viven y de los que son endémicos. Allí viven también, parte del año, los Tahtacılar, que significa «carpinteros». En la película son leñadores a sueldo del Estado, nómadas proletarizados. La niña Fatma y su hermano no mucho más mayor trabajan en el bosque con hachas y motosierras; excepto los bebés todos trabajan. Las motosierras se transportan en mula. Hay todavía alguna correspondencia entre la dureza del trabajo y la de su resultado: Fatma y compañía sufren, tienen bien de cicatrices y ninguna cobertura sanitaria, los árboles centenarios caen. Y hay también, todavía, alguna correspondencia entre la belleza del bosque y la de estas personas, sus rostros, canciones, bailes. Un árbol es una persona, un bosque es un pueblo. 
Fatma soñaba con vivir en la ciudad y los leñadores finlandeses ya viven en las ciudades. Aprenden el oficio con motosierras de goma y luego van en coche al curro, una hora de trayecto. Se afilian a sindicatos, usan casco. Manejan maquinaria pesada (de un peso distinto al de una motosierra de 20 kilos manejada por un niño), son el cerebro de prodigiosos monstruos de metal que talan, podan y segmentan los troncos en un solo movimiento continuo. Tienen sentido del ritmo, una veta musical. Los leñadores finlandeses trabajan en bosques privados y cultivados. Talan durante el invierno y repueblan durante el verano con plantones de pícea o pino. Alguien dijo que «si el gusano de seda hilara para prolongar su vida de gusano, sería un auténtico asalariado». Estos plantones de pícea o pino crecen sin saberlo para ser madera, no árboles, su destino está escrito en libros de cuentas. Son auténticos asalariados. 
Otra cineasta juguetona: Amy Halpern. En el cine, como en los bosques, los troncos muertos pueden resucitar (de una resurrección distinta, contra el tiempo y, por lo tanto, imposible). La resurrección es obra del montaje, pero la película también documenta y vemos, más prosaicamente, cómo se tala un árbol urbano. Una palmera. No se deja caer, porque caería encima de los coches, qué lástima, así que va cortándose desde arriba, se desmonta. Ojalá la alegría que se siente, solidaria, de ser vivo a ser vivo, cuando Halpern la vuelve a montar, se extendiera y reinara. Ojalá deseáramos con todas nuestras fuerzas las resurrecciones posibles.
Programa 4
Promueve
Gobierno de Navarra
Organiza
NICDO
Con la ayuda de
Con la financiación del Gobierno de España. Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales Acción Cultural Española Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia Financiado por la Unión Europea. NexGenerationEU
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