Meditación íntima sobre la relación del ser humano y el paisaje en la que las capas de historia y memoria se entretejen con los ritmos de la naturaleza. Un díptico entre los Países Bajos y Cantabria, donde los directores dan la bienvenida a su hijo y renuevan su casa en las montañas mientras el cine y la vida pasan.
«Para entender qué ha desaparecido, deberías nombrar todos los elementos del paisaje que faltan». Hay en esta película una fascinación por el mundo desde su origen. Una invitación a verlo como si fuera la primera vez. Y también a verlo dos veces. Dirigida a cuatro manos y dos voces —Él, con texto en pantalla en castellano; Ella, con su propia voz en neerlandés—, su proceso creativo parece transcurrir en paralelo a su relación de pareja —y a la paternidad—, con sus vaivenes azarosos entre las frondosas llanuras de los Países Bajos y los valles cántabros.
Con mirada atenta y sabia, como el labrar de la tierra, rastrean gestos con los que se preguntan por la memoria del paisaje, por sus distintas capas de percepción y los recuerdos que vinculamos a una montaña, a un árbol. Para dar forma a esta distancia, Anna vuelve con nostalgia a unas imágenes en vídeo analógico de su infancia, grabadas por su padre. Para ponerla a prueba, Carlos registra desde la cercanía de la cámara el milagro de la vida: Leo.
Su juego de metáforas y metonimias visuales se cristaliza gracias al uso de la pantalla dividida, que emerge para vincular no solo dos tiempos, sino dos paisajes opuestos, dos vidas. Buscando la armonía en el desorden, dejándose llevar por la entropía.
Antonio Miguel Arenas