Nilo, Aniene, Argens, Escalda, Rin, Duero, Danubio, Sena, Niágara, Hudson, Misisipi, Outaouais/Ottawa, Detroit, San Lorenzo, Desná: nombres de ensueño, de leyenda, capturados o ignorados por la literatura, por la música, conocidos, desconocidos, familiares y de muy lejos. Son los nombres de los ríos de este programa.
Porque los ríos corren y nunca se dan la vuelta, porque sus aguas se renuevan sin cesar, se han asimilado, alegórica y cansinamente, a grandes cuestiones como el paso del tiempo o la identidad. Cuesta que existan por sí mismos, también en las películas. Bien mirados, podrían considerarse el colmo del arte de Dios y apenas sirven de escenario ambulante, en verdad muy fotogénico, para las intrigas humanas. Por cada culebra de agua veremos cien diques, esclusas, caminos de sirga, puentes, puertos. Veinte barcos por cada chopo. Cincuenta draveurs y un castor. Peces siempre pescados o a punto de serlo. Y veremos presas, la mayor violencia que cabe infligirles.
Los ríos reparten el agua y nuestra especie intervino muy pronto en ese reparto. Oiremos las palabras «control» o «dominio» pronunciadas con soberbia y las mejores intenciones, en países con regímenes ideológicamente contrarios pero hermanados en la idea fundamental de que la naturaleza «está ahí gratis». Además, conservar no deja huella, no trasciende, destruir sí. A la inmortalidad por el hormigón. (Así aconteció, por ejemplo, que un ilustre ingeniero y escritor tachara de «fósiles» a las comarcas anegadas por un pantano que él diseñó y hoy lleva su nombre.)
Aun con todo, pese a todo, contra todo esto y a favor de las películas, nos encontraremos en los ríos del cine y en el Arga, con arg- de claro y brillante, para que brillen y nos aclaren.
Programación y textos de Miriam Martín