Hacia finales de la década de 1940, ya cerca de los albores de la primera y efímera oleada de largometrajes en 3D producidos por los estudios de Hollywood, el cineasta soviético Sergei Eisenstein profesó su fe en el éxito por venir del formato. «Dudar que el mañana pertenece al cine estereoscópico es tan ingenuo como dudar de la propia llegada del mañana», afirmaba. Como sabemos, la historia se desarrolló de forma un poco distinta. A diferencia de la mayoría de formatos nuevos que se han incorporado a la caja de herramientas del cine en los últimos cien años (la llegada del sonido, el color, las relaciones de aspecto panorámicas y las mezclas de sonido envolvente), el 3D nunca ha logrado poner su espectáculo al servicio de la narrativa y los personajes. En cambio, nos mete los dedos en los ojos, lo mandan al rincón de pensar, desaparece, renace, se desvanece y vuelve a aparecer años después sin haber conseguido nunca sentarse en la mesa de los adultos de la industria.
El 3D es un verdadero formato Peter Pan. Siempre surge y resurge en una suerte de exhibición juvenil, aprendiendo perpetuamente cómo portarse y cuáles son los buenos modales. Casi nunca conformes con limitarse a mostrar objetos y espacios en profundidad, los cineastas tienden a utilizar el 3D como una oportunidad para desafiar nuestra percepción, para proyectar cosas y sustancias fuera de la pantalla hacia nosotros; una fascinación por romper la cuarta pared que el formato toma prestada de los inicios del cine, cuando los cineastas no se preocupaban tanto por fingir que la cámara, la pantalla y el público no existían. Estas rupturas, como el movimiento de la vida en pantalla y los choques espaciotemporales del montaje, ofrecen sensaciones que podrían considerarse las verdaderas razones de ser de las películas; las mejores no solo nos presentan imágenes nuevas, antes inimaginables, sino que también nos animan a adquirir nuevas formas de mirar y ver.
Como el estilo de «parque de atracciones» de los inicios del cine que, como nos recordó Tom Gunning, nunca desapareció del todo después de que la narración se convirtiera en el modo estándar de producción del medio en la década de 1910, el 3D también ha desarrollado una vida en la clandestinidad. Si bien el formato con gafas se ha convertido en un símbolo del avance de la industria hacia unas superproducciones de franquicia predecibles, la expansión del mercado global y la maximización desmedida de ingresos, la estereoscopia ha cautivado la imaginación de varios artistas y cineastas autodidactas desde la década de 1930. Mediante un repaso a la historia de estas exploraciones (más arraigadas en la ciencia, la autorreflexión personal y la curiosidad genuina que en cualquier truco estándar impuesto por técnicos de estudio), «Forever Young: Cine en relieve» celebra un siglo de las energías más primigenias, íntimas y expresivas del 3D.
Blake Williams