Érase una vez una encina grande como un bosque; junto a ella, los otros árboles parecían hierba. La habían adornado con cintas y guirnaldas y las ninfas bailaban a menudo a su alrededor, cogidas de la mano. El rey de aquel país mandó que la talaran, con idea de sacar madera para construir un palacio. Nadie le obedeció, así que él mismo cogió el hacha y la encina gimió herida por el hierro. Se quedaron todos pasmados; a un siervo que intentó detenerlo el rey lo decapitó. Del árbol, empalidecido, manaba sangre. Finalmente cayó. Entonces Démeter, la diosa de las cosechas, la «portadora de las estaciones», mandó al Hambre que se alojara en las entrañas del rey. El Hambre sí obedeció y el rey pidió lo que se cría en el mar, en la tierra y en el aire, pidió comida a la comida, no le bastó con víveres que hubieran alimentado a pueblos y ciudades enteros, y más ansiaba cuanto más tragaba. Se comió su hacienda y la de su padre, vendió a su hija, nada lo saciaba, nada, y «empezó a desgarrar sus propios miembros a mordiscos y el infeliz alimentaba su cuerpo disminuyéndolo». El infeliz podría haberse llamado Capitalismo.
Este programa de cine se asoma al abismo que nos separa hoy de los árboles, atiende a la producción de bienes esenciales a lo largo (y ancho) del tiempo y, en consecuencia, rinde homenaje a la improductividad originaria, a los modos de producción no industrial, a las economías de subsistencia y a los animales. También a algunos humanos, todos ellos artistas de lo suyo. ¿Por qué? Por amor a nuestro mundo, en defensa de nuestro mundo, por agitar el deseo (o la imaginación) que hace falta para defenderlo, para que las islas de Samoa o el delta del Orinoco no desaparezcan bajo las aguas, para que Sicilia o el valle de Traslasierra no desaparezcan bajo el fuego. Aunque vayan a desaparecer. Y porque, como rezaba un cartel encontrado en la ribera baja del Ebro a principios de los setenta: «Llaman milagro al desarrollo, pero el milagro está en el reparto».
Programación y textos de Miriam Martín